Palabras para un Campo Elías asediado
Cuando
más recuerdo tu cabina glacial, a la cual tú paradójicamente convertías
en una caldera, más trabajo me cuesta aceptar que la hayas dejado vacía
por una decisión de poder.
Hacia las cinco de la mañana, cuando tu fiesta arrancaba, todavía el
fantasma de Valdehoyos no regresaba de sus rondas nocturnas y el
entorno del Parque de Bolívar, allí frente a RCN, era un desierto
panteón.
Se maravillaba uno de verte en acción, hablándole al pueblo de tú a
tú, en su mismo lenguaje, su misma picardía, su mismo escandaloso
dialecto perpetuado en juerga de esclavos.
Y lo más impactante, sin duda, la percepción de que este gigante
mulato, como un oso de Walt Disney, le estaba marcando el pulso desde
allí a la ciudad multicentenaria.
¡Cuánto nos divertíamos con tus ocurrencias, como aquella de los
viejitos jubilados a los que apodabas “mandarinosky” porque
supuestamente hacían una larga fila en el banco para cobrar su pensión
y llegaban unas chicas de pantalón chicle y blusa estraples, y en un
santiamén... los pelaban!
Risotadas de dientes picados entre las criaturas de la Cartagena que se desperezaba. Era Campo Elías Terán en acción.
El día en que te visité, me hablaste de tu supuesto dilema de salir
a la Alcaldía. Las encuestas te favorecían por años luz. No me pediste
consejo, aunque tampoco me diste nada por seguro. Tuve la tentación de
inmiscuirme sin contemplaciones en la vida ajena y decirte que ni se te
ocurriera meterte en semejante cosa.
No tanto porque tenía la sospecha de que aquello podía ser un
embeleco de amigos y parientes avispados, o la certeza de que no
poseías ni la habilidad administrativa ni la requerida malicia de
alacrán, sino por otra razón muy sencilla: no había argumento sobre la
tierra que justificara dejar ese trono de cuerina en que ya estabas
sentado, ese recinto en el que las noticias de Cartagena hervían como
lo hacían los cangrejos en las pailas colosales de Socorro, en el
mercado de Bazurto.